domingo, 1 de mayo de 2011

LECTURA 4

LA MALA SUERTE

POR GABRIEL ZAID


El Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua ha dado mucho de que hablar. Gabriel Zaid regresa sobre el asunto y, analizando detenidamente ciertos criterios de la publicación, así como las pretenciones expresadas en el prólogo de la misma, pone algunos puntos sobre las íes de esta polémica. DisfRuten la lectura.

Cuando se contrata a un gran despacho de abogados, es normal que un jurista famoso atienda el asunto y se lo pase a un socio muy capaz, auxiliado por jóvenes pasantes. Delegar es un riesgo, pero se elimina con supervisión: primero del socio responsable y luego del principal. Sin embargo, la mala suerte puede jugar malas pasadas. El supervisor se ausenta más de lo que tenía previsto. Al pasante le da un ataque de aprendiz de brujo, y se toma libertades ineptas. El jurista famoso se distrae por un problema urgente. El plazo de presentación llega al límite. Y, finalmente, el tribunal recibe lo que produjo un aprendiz.
El Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua (Siglo XXI, 2010) tuvo esa mala suerte. Es una obra de aprendices no supervisados. No es creíble que su Comisión de Lexicografía y el pleno de la Academia hayan aprobado registros como este:
hot dog. loc. sust. supran. coloq. Panecillo alargado y caliente con una salchicha cocida en medio y, normalmente, acompañado con mostaza, salsa espesa de jitomate y otros ingredientes: “¿Cuánto cuestan los hot dogs, amigo?”. [Se pronuncia jót dóg].
Las marcas abreviadas indican: locución sustantiva, supranacional, coloquial. El segundo término quiere decir: “Mexicanismo supranacional. Compartido con otro u otros países hispanoamericanos.” Extrañamente, no se marcan los mexicanismos usados en España ni los que dan la vuelta al mundo y pasan a otras lenguas como hot dog. Quizá para evitar exaltaciones patrioteras, tampoco se advierte al lector que la influencia de México en los Estados Unidos logró imponer el gusto por la cocina mexicana, el nombre de nuestro exquisito hot dog y hasta la pronunciación mexicana: jót dóg.
Victoriano Salado Álvarez entró a la Academia en 1923 con un discurso sobre la influencia del español de México en el inglés de los Estados Unidos. (“Méjico peregrino. Mejicanismos supervivientes en el inglés de Norteamérica”, hay edición facsímil de la primera publicada en 1924 por el Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía en Editorial Innovación, 1984). Comenta, por ejemplo: barbecue, canyon, mustang (de mesteño), quirt (de cuarta), rodeo, stampede. No vivió para ver que en los Estados Unidos circulan hoy mexicanismos todavía más peregrinos, como hot dog y muchos otros señalados por la Academia:
aerobics. m. pl. Conjunto de ejercicios gimnásticos que se realizan con acompañamiento musical.
cash. m. Dinero en efectivo: “¿Tienes cash?, no me alcanza para el camión”. [Se pronuncia kásh].
catsup. f. supran. coloq. Salsa de jitomate. [Se pronuncia kátsup].
electroshock. m. supran. Electrochoque, tratamiento en ciertos trastornos psiquiátricos que consiste en aplicar descargas eléctricas en el cerebro. [Se pronuncia elektroshók].
motel. m. supran. Establecimiento en el que se alquilan habitaciones a parejas para tener relaciones sexuales: “En esta avenida construyeron varios moteles que tienen mucha demanda”.
old-fashioned. m. Bebida elaborada con whisky, gotas de angostura, azúcar granulada y una rebanada de naranja. [Se pronuncia óld fáshon].
pritt®. m. Lápiz adhesivo para pegar papel, tela o materiales similares: “Necesito pritt para pegar estas hojas en mi cuaderno”. [Se pronuncia prít].
splenda®. m. supran. Edulcorante artificial que se obtiene de la sucralosa derivada del azúcar: “¿Tendrá splenda para mi café?”. [Se pronuncia esplénda].
traveller. ˜ (check). loc. sust. supran. Cheque de viajero: “Necesito cinco travellers”. [Se pronuncia trábeler chék].
En las entradas anteriores (y en muchas otras) hay descuidos. En aerobics, falta la pronunciación y la frase de ejemplo. En cash, faltan las marcas supran. coloq. En catsup, falta la frase de ejemplo. Además, no se informa que la salsa es espesa, como en hot dog. Otra incongruencia es que la definición de hot dog no usa el “mexicanismo” catsup, prefiere “salsa espesa de jitomate”.
A lo cual hay que sumar las definiciones peregrinas. Los ejercicios aeróbicos no se caracterizan por el acompañamiento musical, sino por aumentar la capacidad del sistema cardiorrespiratorio. Lo característico de un motel es que se puede llegar en automóvil hasta la habitación. Si la Asociación Mexicana de Hoteles y Moteles se entera de lo que dice la Academia, puede exigir que rectifique. También hay frases peregrinas como ejemplos de uso. Pedir cheques de viajero diciendo: “Necesito cinco travellers” dejaría al cajero con cara de What? (si la Academia me permite este otro “mexicanismo”). Se trata de una frase absurda, inventada por alguien que no ha comprado cheques de viajero, ni sabe lo que son.
Pero lo más peregrino de todo es incluir hot dog, aerobics, cash, etcétera, en un Diccionario de mexicanismos. El Diccionario de la lengua española de la Real Academia incluye miles de mexicanismos, aunque ninguno de los anteriores. Define mexicanismo como un “Vocablo, giro o modo de hablar propio de los mexicanos”. Los marca con la abreviatura Méx. ¿Pedirá la Academia Mexicana que el Diccionario de la lengua española incluya hot dog, aerobics, cash, etcétera, como mexicanismos? Sería patriótico:
hot dog. (Del inglés hot dog) Méx. m. Panecillo...
Entre las muchas faltas de criterio que exhibe esta obra, la mayor es confundir un diccionario de mexicanismos (que se limita a lo “propio de los mexicanos”) con un diccionario de la lengua española hablada en México (que incluye todo: mexicanismos y no mexicanismos). La confusión es todavía más obvia en “mexicanismos” como estos:
abreviar. tr. supran. Acortar, aminorar: “Abrevien sus respuestas en el examen”.
abusivo, va. adj. supran. Referido a alguien, que abusa de la confianza, bondad o ingenuidad de los demás: “Eres un abusivo con tu hermanito”.
alfombrar. tr. supran. Cubrir el suelo de una habitación con alfombra.
Si se comparan estas entradas (y muchas otras) con las que incluye la Real Academia, resulta que ambos diccionarios usan la misma palabra para referirse a lo mismo. Y el madrileño las presenta sin marca nacional, para indicar que son propias del español general, no de tal o cual país. ¿Con fundamento en qué la Mexicana las considera mexicanismos? A menos que pretenda que cualquier vocablo usado en México, por ese mero hecho, queda expropiado como “propio de los mexicanos”: deja de pertenecer al español general. Pero si pidiera a la Real Academia que marcara abreviar como mexicanismo, provocaría asombro y risa.
El asombro y la risa serían mayores, si lo pidiera con la petulancia con que el Diccionario de mexicanismos se alaba en boca propia: “Es una obra realizada bajo la normativa y práctica de la más estricta lexicografía diferencial o contrastiva.” No detalla las normas y prácticas tan estrictas que siguió, pero viendo los resultados y viendo que “contiene aproximadamente 11,400 voces y 18,700 acepciones”, aunque empezó “a mediados de 2007” (y aunque, según la directora, una afortunada experiencia “entre los años 2005 y 2006” “me permitió hacerme una primera idea de qué se consideraba un mexicanismo”), es de suponerse que “la más estricta” es un modo de hablar propio de los mexicanos para jactarse de producir al aventón (loc. adv. coloq. Sin cuidado, sin esmero: “Hizo la tarea al aventón y le pusieron siete de calificación”), al ahi se va (loc. adv. coloq. De manera descuidada: “Ése hace todo al ahi se va”).
La “Advertencia preliminar” del primer tomo de las Memorias de la Academia Mexicana (1876) no fue tan petulante. Dijo que estas se proponen “recopilar, paso a paso, trabajos que puedan ser útiles a los futuros académicos y a cuantos quieran aprovecharlos”. Pero el Diccionario de mexicanismos las ignora olímpicamente. Las Memorias no están entre sus fuentes, aunque la Academia, desde sus primeras reuniones (según cuenta en ese mismo tomo Joaquín García Icazbalceta) se propuso crear un Diccionario de provincialismos de México, y recoger observaciones sobre “las diferencias que se notan entre la lengua hablada o escrita en México y la pura castellana”.
Tampoco figura entre sus fuentes el Vocabulario de mexicanismos del mismo Icazbalceta, quizá para evitar comparaciones incómodas. Hay un lamentable descenso del siglo xix al xxi, como puede verse por ejemplo en
Apiñonado, da. adj. De color parecido al del piñón: dícese por lo común de las personas ligeramente morenas.
“El cutis de Aurora no era de ese blanco de alabastro, que es tan raro en los climas tropicales, sino de ese color que los pisaverdes llaman apiñonado.” (Payno, Fistol, tom. I, cap. 3)
apiñonado, da. adj. Referido al color de la piel, ligeramente bronceada: “En Acapulco quedé apiñonada por el sol”. || 2. Referido a alguien, que posee la piel de un color levemente moreno, sin llegar a prieto: “Me gusta mucho tu tono apiñonado”.
El Vocabulario publicado en 1899 explica el origen del mexicanismo (el color del piñón) y lo ilustra con una cita de la novela El fistol del diablo (México, 1859) de Manuel Payno, que le sirve además para situar el uso en su contexto (los pisaverdes: los jóvenes que hacen gala de estar a la última moda). El Diccionario de 2010 no explica el origen, no documenta el uso y afirma que la palabra tiene dos acepciones distintas, con ejemplos que no lo confirman (ambos se refieren al color de la piel de alguien). Y así en miles de casos. No aprovecha ni mejora los trabajos precedentes. Parte de cero, como los sexenios que inventaban el país cada seis años, bajo un nuevo sol presidencial.
Confirmando esta actitud, el Diccionario de mexicanismos dice de sí mismo en el prólogo que “Es, hasta donde la Academia tiene noticia, el primer intento por recoger el léxico cotidiano del español actual, hablado y escrito, de México”. Para exhibir tal ignorancia, hay que tener pocas noticias. ~

viernes, 1 de abril de 2011

LECTURA 3

LA LECTURA COMO FRACASO 

DEL SISTEMA EDUCATIVO

POR GABRIEL ZAID

Gabriel Zaid analiza en este ensayo la última encuesta sobre los hábitos de lectura en México, cuyos resultados son descorazonadores por partida doble: porque revela el vasto océano de nuestra ignorancia y porque demuestra taxativamente cómo los nuevos universitarios no leen. Estimados alumnos, tomen en cuenta que este artículo se publicó en el 2006. Lean detenidamente y participen con sus comentarios. 

     Leer por gusto es algo que se contagia, como todos los gustos, viendo a los entusiastas sumergidos en un libro, o escuchando el relato de sus aventuras. Tradicionalmente en México, muy pocos adquirían ese gusto en casa. Para la mayoría, el foco de contagio era la escuela: sus maestros, compañeros y amigos. Así como no abundaban los médicos hijos de médicos, pocos grandes lectores eran hijos de grandes lectores. Pero las aulas presagiaban que, en el futuro, se multiplicarían.
     Desde hace un cuarto de siglo, el esfuerzo educativo ha sido intenso. Según el sexto informe del presidente Fox, México ocupa 1.7 millones de maestros en el ciclo escolar 2006-2007: más del doble que en 1980-1981. Desde entonces, la población escolar ha subido de 21.5 a 32.7 millones, en grupos más pequeños (19 alumnos por maestro, en vez de 29). También subió la escolaridad promedio de la población económicamente activa: de cinco a nueve años. El gasto en educación (casi todo público) subió del cinco al siete por ciento del PIB. Según la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH), las familias dedicaban el dos por ciento de sus gastos a la educación en 1977 y el once por ciento en 2005: cinco veces más.

     Pero, según la Encuesta nacional de lectura del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, dos de cada tres entrevistados declaran leer lo mismo o menos que antes, a fines del 2005. Sólo el 30% declaró leer más. El 13% dice que jamás ha leído un libro. Y cuando se pregunta a los que no están en ese caso cuál fue el último libro que leyó, la mitad dice que no recuerda. El 40% dice que ahora lee menos. También un 40% dice que nunca ha estado en una librería. Dos años antes, en la Encuesta nacional de prácticas y consumo culturales, también de Conaculta, el 37% dijo que nunca había estado en una librería.

     Al 40% que dijo leer menos se le preguntó a qué edad leía más. El 83% (del 40%) dijo que de los 6 a los 22 años, o sea la edad escolar. Si de los entrevistados se escoge a los que tienen de 23 a 45 años (o sea los beneficiarios del gran impulso educativo), los números empeoran. El 45% (en vez del 40%) declara leer menos, de los cuales casi todos (90% en vez de 83%) dicen que leían más cuando tenían de 6 a 22 años. Queda claro que leían libros de texto, y que no aprendieron a leer por gusto.

     Los entrevistados que no leen dan varias explicaciones, la primera de las cuales (69%) es que no tienen tiempo. Pero el conjunto de los entrevistados considera que la gente no lee, en primer lugar, por falta de interés o flojera. Sólo el 9% dice que por falta de tiempo.

     Los entrevistados que han hecho estudios universitarios o de posgrado dieron respuestas todavía más notables. Según la ENIGH 2004, hay 8.8 millones de mexicanos en esa situación privilegiada (incluye a los 2.8 millones de universitarios que no terminaron sus estudios). Pero el 18% (1.6 millones) dice que nunca ha ido a una librería; el 35% (3 millones), que no lee literatura en general; el 23% (2 millones), que no lee libros de ningún tipo; el 40% (3.5 millones), que no lee periódicos; el 48% (4.2 millones), que no lee revistas y el 7% (más de medio millón) que no lee nada: ni libros, ni periódicos, ni revistas. El 30% (2.6 millones) dice que no gasta en libros, el 16% (1.4 millones) que gasta menos de $300 al año. O sea que la mitad de los universitarios (cuatro millones) prácticamente no compra libros. (Estos números confirman y acentúan lo que encontró la encuesta nacional sobre la cultura en México, realizada por la Universidad de Colima a fines de 1993: el 22.1% de los entrevistados con licenciatura o más no había comprado libros en los últimos doce meses.) Sin embargo, el 66% dice que compra la mayor parte de los libros que lee. Como dice leer en promedio cinco libros al año, esto implica que compra tres. El 77% dice que tiene su propia biblioteca, pero en el 68% de estas bibliotecas personales hay menos de 50 libros. Y ésta es la crema y nata del país.

     Según la encuesta, los mexicanos destinan casi el 2% del presupuesto familiar a la compra de libros: $220 pesos anuales La mayoría (55%) dice que no gasta ni un centavo, pero muchos estiman que gastan el cinco o el diez por ciento. La estimación está infladísima. Según la ENIGH 2004, el gasto corriente monetario en libros, revistas y periódicos fue el 0.4% del gasto familiar. Los libros representan cuando mucho la mitad, digamos 0.2%: diez veces menos que lo declarado en la encuesta.

     Según la encuesta, los mexicanos de 12 años o más leen en promedio 2.9 libros al año: 45.7% comprados, 20.1% prestados por un amigo o un familiar, 17.9% regalados, 10.2% prestados por una biblioteca y 1.2% fotocopiados. Sumando los comprados y regalados (63.6%, o sea 1.8 ejemplares), se pueden calcular los ejemplares vendidos: 103.3 millones de habitantes en octubre del 2005 x 75.7% de 12 años o más x 2.9 libros al año x 63.6% vendidos = 144 millones de ejemplares vendidos en el país el año 2005, lo cual parece exagerado.

     En la ciudad de México (DF y zona metropolitana), según la encuesta, se leen 4.6 libros al año: 64.7% comprados, 16.5% prestados por un amigo o familiar, 10.2% regalados, 5.4% prestados por una biblioteca y 1% fotocopiados. Esto daría 18.5 millones de habitantes x 76% de 12 años o más x 4.6 libros al año por 74.9% comprados o regalados = 48 millones de ejemplares vendidos en la ciudad de México el año 2005, lo cual parece exagerado.

     En la sección amarilla del directorio telefónico 2005 de la ciudad de México, había unas 325 librerías. Si se les atribuye la venta de 48 millones de ejemplares, vendieron 150,000 ejemplares cada una, que es altísimo. Las 75 librerías de Educal, cuyo tamaño es superior al promedio, tenían como meta para el año 2004 vender 75,000 libros y artículos culturales en promedio.

     Y si la cifra de 48 millones de ejemplares para la ciudad de México es exagerada, la cifra nacional (144 millones) es una exageración mayor, porque implica que la ciudad de México no representa más que el 33% del país. Para muchos editores, representa el 80%. Pero suponiendo, conservadoramente, que sea el 50%, el total nacional daría el doble de la cifra (exagerada) de la ciudad de México: 96 millones, un ejemplar por habitante.

     Según Fernando Peñalosa (The Mexican book industry, 1957), había 150 librerías en el directorio telefónico de la ciudad de México de 1952. Si en el directorio de 2005 hay el doble (325), pero la población se ha sextuplicado (de 3.3 a 18.5 millones), en 53 años el número de librerías por millón de habitantes se ha reducido de 45 a 18. Otro indicador: desde 1950 (en todo el país, en todos los niveles) el número de maestros se ha multiplicado casi por veinte (Estadísticas históricas de México). Sin embargo, el número de lectores (a juzgar por el número de librerías de la ciudad de México), apenas se ha duplicado.

     Un aspecto interesante de la encuesta es que muestra claramente que el interés (o desinterés) de los padres en la lectura se reproduce en los hijos. Habría que medir esto, no sólo en los hogares, sino en las escuelas y universidades. Una encuesta centrada en el mundo escolar, seguramente mostraría que los maestros no leen, y que su falta de interés se reproduce en los alumnos, por lo cual multiplicar el gasto en escuelas y universidades sirvió para multiplicar a los graduados que no leen. ~





martes, 1 de marzo de 2011

LECTURA 2


ECONOMÍA DEL PROTAGONISMO

Zaid estudia la fama como moneda de cambio y, como caso extremo, los reality shows, "degradación colectiva" de la idea de notoriedad, cuyas coordenadas son lógicas en todas sus partes: el participante obtiene algo que no tendría por sí mismo, el medio hace un buen negocio y el patrocinador vende sus productos ante una gran audiencia. El misterio que queda es el del público: ¿por qué le cedemos nuestra atención a ese sinsentido?

Al convivir, todos somos actores y espectadores. El protagonismo varía según el papel social de cada participante y su carácter personal, pero también según el número de participantes.

     En una mesa de dos personas, hay una sola conversación. En una grande, hay varias; ya no se diga en un coctel. Para que cien personas participen en la misma conversación, hay que pedir silencio, suspender las pequeñas conversaciones y dar la palabra, por turnos. Así aparece la necesidad de un centro de control del micrófono. Aunque esto se haga con equidad parlamentaria (para que todos hablen, escuchen y respondan con límite de tiempo), la interacción promedio se vuelve muy pasiva. En el caso de dos personas iguales, cada una habla (digamos) la mitad del tiempo. En el caso de cien, para hablar un minuto hay que escuchar 99. La situación empeora si la escala es todavía mayor. Ampliar el número de participantes aumenta la pasividad, convierte a los actores en espectadores, incluso en condiciones simétricas. Pero, además, destruye la simetría, por otra razón.

     En una comunidad pequeña y estable, todos se conocen. Los participantes se saben de memoria los nombres, caras, voces, rasgos distintivos, circunstancias, de todos los demás. Pero no se puede conocer así a un millón de personas. Para que tantas participen en una conversación, no sólo tendrían que hablar por turnos de una millonésima parte del tiempo disponible: tendrían que conocerse unas a otras, lo cual rebasa la capacidad de convivencia.

     La memoria puede retener docenas o cientos de personas, quizá miles, pero nada más. Por esta razón, los organizadores de espectáculos o de multitudes políticas (constreñidos, además, por la duración del acto) tienen que concentrar los reflectores en muy pocas personas conocidas por todos. La comunicación masiva impone condiciones asimétricas: desde el anonimato, un millón de desconocidos escucha a unos protagonistas conocidos.

     La asimetría es poder, y el poder fácilmente se convierte en negocio. Una persona conocida puede reunir a una multitud, y esto lo saben los protagonistas, los organizadores del acto, los anunciantes, los patrocinadores, todos los que pretenden influir. El carisma es una revelación para los que conviven la experiencia: una culminación inmediata que se cumple en sí misma y no pide más que continuar. Pero también es algo mediatizable por los protagonistas, por el público que los sigue, por los interesados en comprar o vender esa influencia y por los dueños del micrófono. Es un poder que se impone silenciando las pequeñas conversaciones, de manera natural (la admiración que calla para escuchar) o con trucos que llamen la atención, autoritariamente o no.

     Hay líderes naturales en pequeños círculos, que pueden llegar a ser conocidos en círculos más amplios de muchas maneras, por ejemplo: el azar (una buena voz escuchada casualmente por alguien que la puede lanzar), la oportunidad coyuntural (tener algo atractivo para este público y momento), la oportunidad inesperada (sustituir al protagonista que enfermó), la creatividad de los organizadores (para escoger elencos de protagonistas), los intereses (de quienes quieren influir en cierta dirección), la promoción (de los que buscan estar en el candelero, aunque no sepan bien para qué, y aun les resulte contraproducente). Pero cada manera implica situaciones distintas de poder.

     En los medios no comerciales (políticos, académicos, religiosos), hay una disputa interminable por el micrófono y una situación compleja sobre la propiedad del mismo: sobre quiénes tienen derecho a usarlo en nombre del pueblo, de la verdad, de Dios. Tomar el micrófono es tomar el poder. Por eso, en las instituciones políticas, académicas, religiosas, abundan los chismes sobre las mafias: estructuras de poder extraoficial que controlan el micrófono, y cuyas malas artes imponen esto o aquello, con intereses inconfesables. Lo cual también existe en los medios comerciales, pero con menos fuerza, porque los confesados intereses de lucro están oficialmente en el poder y organizan las estructuras del poder formal. El control del micrófono está en manos de una empresa cuyo negocio consiste en reunir multitudes vendibles a los anunciantes. Esto implica administrar un regateo entre los intereses de la empresa, los productores, las estrellas y los patrocinadores. Un regateo oligopólico, porque no hay, ni puede haber, tantos protagonistas conocidos del gran público, ni tantos canales de televisión, ni tantos espacios multitudinarios, ni tantas empresas de espectáculos, partidos políticos, universidades, Iglesias, que organicen actos masivos; ni un horario sin límites para llamar la atención del espectador.

     El juego tiene muchos ángulos, y las mismas personas pueden pasar de un papel a otro. El anunciante puede actuar como productor, alquilar el micrófono, reclutar estrellas y armar sus propios actos. La estrella misma puede alquilar el micrófono, financiar su propia producción y vendérsela a anunciantes que la patrocinen. La empresa puede conseguir favores políticos o económicos, gracias al control del micrófono. Los políticos, académicos, religiosos, pueden inventar trucos para volverse noticia y atraer las cámaras, o conseguir dinero para alquilar el micrófono, o dar a cambio la bendición del pueblo, de la verdad científica o de Dios. Los actores, cantantes, locutores, pueden volverse políticos o empresarios; los empresarios, lanzarse como políticos, cantantes o protagonistas de la alta sociedad que sale en los periódicos. La asimetría es un poder más o menos canjeable, de una posición a otra. Capitaliza el hecho elemental de que muy pocas personas pueden ser reconocidas por una multitud.

     Así también se explica un género que parece contradecir lo anterior: los  reality shows. Usar a desconocidos en situaciones que llamen la atención puede ser un magnífico negocio, porque están en una posición de regateo muy débil. Saben que, de no ser lanzados, seguirán en la vida anónima (que algunos recordarán después con añoranza). No tienen público por sí mismos. Se convierten en estrellas (aunque sean fugaces) por la situación llamativa en que son exhibidos. Es un negocio distinto del que pueden hacer las personas que ya tenían su propio público, antes de multiplicarlo en los medios masivos. Las estrellas ya hechas en medios restringidos aportan su propio capital (nombre establecido, legitimidad, talento reconocido) para una explotación más amplia; lo cual es una ventaja para el organizador, pero la tiene que pagar. Las estrellas ya hechas, aunque ganen (si ganan) con la oportunidad de un público mayor, sienten que se la merecen, y regatean desde esa posición.

     Naturalmente, los desconocidos que se vuelven conocidos gracias al lanzamiento, también llegan a sentir que valen por sí mismos y, por lo tanto, tienen derecho al micrófono. Pero no se llega a esto de inmediato, y por lo pronto pagan el noviciado. Una vez que tienen su propio poder, entran al regateo oligopólico, con la fuerza que tengan. En la práctica, a corto plazo (y más aún a cortísimo plazo: si amenazan con no cantar, poco antes de que se levante el telón), las estrellas pueden imponerse. A mediano y largo plazo, se imponen los organizadores. A su vez, a corto plazo, los organizadores pueden imponer condiciones a los anunciantes, sobre todo en tiempo triple A (la hora en que la mayoría enciende la televisión). Pero, en plazos más amplios, se imponen los patrocinadores. Pueden llegar, incluso, a vetar una estrella o imponerla. Esto produce la ilusión de que el poder o el dinero pueden crear estrellas arbitrariamente. Pero se trata de una exageración. El público puede ser manipulado, pero retiene, finalmente, el poder último: la atención, concedida o no.

     Exhibir como objetos de atención pública a unos desconocidos, de preferencia en circunstancias que escandalicen y, por lo mismo, llamen la atención, puede ser un buen negocio para los organizadores, porque abundan los desconocidos que aceptan exhibirse a precios bajos y no faltan anunciantes que paguen por el público así reunido. También es negocio para los que se exhiben: pueden sentirse importantes, volverse conocidos y mejorar su posición de regateo. Lo más difícil de explicar en esta degradación colectiva es la del público espectador, sin la cual el negocio no es p
osible.








lunes, 7 de febrero de 2011

LECTURA 1

INTELIGENCIA SIN PALABRAS

Por Gabriel Zaid

Hay una inteligencia elocuente, articulada en palabras; pero también hay otra inteligencia –nos dice Zaid en este ensayo–, no menos importante: la que atañe al cuerpo y sus sentidos, al margen de la razón discursiva. Estimados alumnos participen con su comentario. 

 

La inteligencia que conversa maravillosamente hace olvidar la inteligencia muda. La vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato entienden muchas cosas sin palabras ni interlocutor. Es una inteligencia íntima, incomunicable en el acto mismo de entender, aunque después sea tema de conversación.

Sabio consejo de un entrenador de box (al poeta Julio Hubard): No pienses. Razonar toma tiempo, por poco que sea. Te distrae de la realidad inmediata. Y en esa fracción de segundo te pueden noquear.

Hay una tradición milenaria que recomienda lo contrario: la previsión, el cálculo, el ponderar los pros y los contras. Actuar sin pensar se considera peligroso, inferior. Aristóteles llevó esa tradición al análisis de la inteligencia práctica y la deliberación (Ética nicomaquea). San Ignacio inventó un método para tomar buenas decisiones y llevar el control de su cumplimiento (Ejercicios espirituales). Pascal introdujo el cálculo de probabilidades como criterio para tomar una decisión (Pensamientos).

En el siglo XX, las ideas de estos precursores fueron convertidas en una disciplina amplísima que cubre desde el análisis matemático hasta las prácticas recomendables para decidir, cumplir y evaluar los resultados. Herbert A. Simon hizo en 1955 la apología y la crítica de esta “nueva ciencia”: las matemáticas pueden ser tan complejas y la información necesaria tan costosa que lo racional es proceder con una decisión satisfactoria,
aunque no sea la óptima (The new science of management decision).

En este contexto, se entiende un bestseller de Malcolm Gladwell, Blink: The power of thinking without thinking. Empieza con un ejemplo contundente. El Museo Getty exhibe un kurós: una estatua griega arcaica que representa a un joven desnudo, de pie, con los brazos a los costados y el pie izquierdo adelantado, en una posición hierática que recuerda el arte egipcio. Lo compró en siete millones de dólares porque sólo hay una docena de kurós tan completos (pueden verse en Google Imágenes). Naturalmente, encargó estudios que duraron más de un año, antes de tomar tamaña decisión. Y, sin embargo, un conocedor y luego otro y otro dudaron al primer vistazo, sin ser capaces de explicar por qué. Se organizó un coloquio internacional para discutirlo, y las opiniones se dividieron. Actualmente se exhibe con un rótulo indeciso: “Greek, about 530 bc or modern forgery”.

El verdadero tema de Gladwell es la misteriosa capacidad de acertar de golpe, sin pensar y sin argumentos. Añade numerosos ejemplos de muy distintos órdenes. Pudo haber incluido el consejo del entrenador de box. Un buen golpe no se puede analizar, verbalizar, programar, ejecutar y controlar con la ciencia de Aristóteles, la sabiduría de San Ignacio, las matemáticas de Pascal o la nueva ciencia administrativa del decision making. No hay tiempo.

Quizá la subestimación de la inteligencia sin palabras venga de subestimar a los animales. Aunque hay una tradición que los admira y hasta les atribuye capacidad de razonar, como en la fábulas de Esopo o el Coloquio de los perrosde Cervantes, hay otra que niega su inteligencia, o se empeña en distinguirla de la “verdadera”, que es la humana.

Los animales que observan con atención y exploran con curiosidad, que se coordinan para el vuelo o el ataque, que usan palos y piedras para lograr sus propósitos, que engañan intencionadamente, que avisan de peligros o lugares atractivos; que hablan con palabras humanas... parecen inteligentes, pero no lo son: los loros hablan sin saber lo que dicen.

Para confirmar la diferencia, se acumulan distingos: El hombre es el único animal que razona, el hombre es el único animal que ríe, etcétera. Se atribuye a Mark Twain una burla sobre esta obsesión de superioridad: “El hombre es el único animal que come sin tener hambre, bebe sin tener sed y habla sin tener nada que decir”.

El autónimo de muchas tribus (el nombre que se dan a sí mismas en su lengua: los inuit, los maidu, los qomlik, los tlingit) es la misma palabra que usan para decir ‘seres humanos’. Puede ser etnocentrismo (no ver a las otras tribus como realmente humanas); semejante al de los griegos, que llamaban bárbaros (es decir: ‘balbucientes’) a todos los pueblos que no hablaban griego. Pero es quizá antropocentrismo: distinguirse de los animales.

En todo caso, la inteligencia sin palabras parece menos inteligente o racional. Es un prejuicio milenario que ignora la refinada inteligencia de muchas formas de entender sin palabras, por ejemplo: al pintar un cuadro o contemplarlo; al componer música, interpretarla o escucharla; al catar un vino.

Un buen ejemplo son las observaciones de Daniel Barenboim a jóvenes pianistas que interpretan sonatas de Beethoven (Barenboim on Beethoven: Masterclasses, dos devedés de emi Classics). Dice cosas de mucho interés para escuchar mejor un fragmento que se repite bajo observación; pero sus palabras no siempre logran comunicar la observación. A veces tiene que tocar para hacerse entender; primero, imitando la deficiencia que señala, y luego haciendo el cambio que sugiere. La inteligencia musical tiene refinamientos que pueden apreciarse con el oído, pero no siempre pueden describirse verbalmente.

Los diccionarios de la lengua mejoran con dibujos o fotos, porque muchas cosas se entienden mejor mostradas que descritas con palabras. Hay incluso diccionarios puramente visuales que no sólo tienen esa ventaja, sino que permiten la búsqueda inversa, por ejemplo: saber cómo se llama tal parte de un automóvil. Hay uno gratis en línea (//visual.merriam-webster.com), y abundan los bilingües, como el excelente Oxford-Duden pictorial Spanish and English dictionary.

No hay soluciones semejantes para las cosas musicales, táctiles, gustativas, olfativas. Sería de gran utilidad un devedé que ilustrara musicalmente el significado de muchos términos. Que mostrara, no sólo los instrumentos musicales y sus partes, con sus nombres en diversos idiomas, sino que permitiera escucharlos separadamente y contrastarlos. Que, tocando versiones comparables de un mismo fragmento, permitiera escuchar la diferencia entre una composición escrita en clave de sol o en clave de fa; entre una interpretación lenta o rápida, con mucho o poco pedal, con rubato o sin rubato. Y así también qué es el timbre, la fuga, la tesitura.

Abundan los ejemplos de inteligencia sin palabras en la vida cotidiana:

-Cuando se busca a tientas algo que no se ve, el tacto sabe reconocer, por ejemplo: el apagador de la luz.

-Observando partes de un rompecabezas, no hace falta razonar con palabras para ver dónde van o no van.

-Bastan unos cuantos compases para saber lo que sigue de una pieza musical, aunque no se recuerde el título.

-Frenar oportunamente para no chocar es un acto reflejo, pero inteligente, que no da tiempo para hacer un análisis previo de los actos.

-En el futbol americano, hay jugadas planeadas y explicadas a los participantes, pero también improvisaciones que aciertan sin plan previo y sin palabras.

-Muchos actos heroicos se hacen sin pensar y luego sorprenden al mismo que los hizo.

-La madre entiende lo que quiere un niño que no habla.

-Todavía no se sabe exactamente cómo se reconoce de quién es una cara, y los programas de computación que lo intentan son complicados y requieren grandes bases de datos; a diferencia de una persona que reconoce a otra inmediatamente.

-La misma persona no sabría fácilmente describir esa cara conocida con palabras, ni siquiera apoyándose en los recursos para construir un retrato hablado.

-Tampoco es fácil describir por teléfono un cuadro abstracto.

-Ni explicar a qué sabe un platillo exótico a quien nunca lo ha probado.

Así como se habla de inteligencia artificial y de edificios inteligentes, puede hablarse de inteligencia sin palabras en general, pero conviene distinguir tipos de contacto:

1. Inteligencia puramente física. Sensores fotoeléctricos, piezoeléctricos, químicos, electromagnéticos. Cosas que se entienden entre sí: el agua con el vaso, los clavos con el imán, la veleta con el viento, la llave con la cerradura, la bola con el hueco de la ruleta. Partículas, sustancias o cuerpos que responden a cuerpos o campos cambiando de lugar, de velocidad, de forma, de temperatura, de presión, de voltaje; o resistiendo, disolviéndose, desintegrándose.

2. Inteligencia vegetativa. Adaptaciones automáticas de la vida al medio. Los girasoles siguen la posición del sol a lo largo del día. Las pupilas se dilatan cuando reciben menos luz.
Las defensas salen al encuentro de virus y bacterias, los reconocen y los destruyen.

3. Inteligencia sensorial. Contactos sentidos. Los ojos (los oídos, las manos, la lengua, las narices) reciben estímulos, los retienen (grabando imágenes efímeras o permanentes de la experiencia sensorial), los comparan con imágenes previas que están en la memoria y los interpretan.

El tacto se concentra en las yemas de los dedos, pero toda la piel puede sentir calor o frío, presión o vacío, formas y texturas, piquetes, acidez, quemaduras. El medio interno también puede sentirse: hambre, sed, palpitaciones. Las diferencias y los matices, el placer y el dolor de las sensaciones en este tipo de inteligencia corresponden a un solo sentido que las identifica, las diferencia por contraste y mide su intensidad.

4. Intelección con todo el cuerpo, integrando dos o más sentidos para identificar algo, situarlo en su contexto y resolver problemas del medio externo (por ejemplo, evitar un golpe), interno (por ejemplo, guardar el equilibrio) o ambos (por ejemplo, marchar, bailar o aplaudir con ritmo). Implica interpretaciones y respuestas instantáneas, no reflexivas y esencialmente mudas, aunque pueden incluir gritos, gemidos o interjecciones.

5. Lectura de signos naturales, no simbólicos ni verbales. Presagios de lluvia. Presagios de un desmayo. Sonrisas. Caras de disgusto o de pánico. Señales de inteligencia.

Un entrenador de budismo Zen aconseja (con palabras desconcertantes o con actos inusitados que parecen no venir al caso) salir de la película del fantaseo mental y sus razonamientos, abrir los ojos a la realidad y entender directamente las nubes que avanzan lentamente, los álamos que menea el aire.

No pienses. Mira la eternidad en la que estamos sumergidos. ~